Dieta Casalinga Per Bouledogue Francese

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    Vi presento Dano, figlio di Seda. Quella stessa forza dobbiamo trovarla in noi, in questo periodo di incertezza, noi che non abbiamo mai tempo oggi siamo costretti a fermarci. È una conspicuo opportunità, possiamo dimostrare cosa vuol dire comunità, si è manido troppo individualismo in alcuni comportamenti sconsiderati. Se le nostre abitudini sono cambiate è stato per il bene comune, per preservare il diritto alla salute sancito dall'articolo 32 della nostra bellissima Costituzione.

    Ecco perché si parla di senso civico. Il giardinaggio potrebbe essere un'idea! Trattiamoci bene Provare per credere State cercando un secondo piatto variado dal solito, che sia complacido, sostanzioso e saziante? Infatti, combineranno il grato sapore di questo pesce dalle carni tenere e rosate, con quello di ortaggi freschi e dal carattere deciso, proponendo a ogni vostro commensale una fantastica esperienza organolettica.

    Potrete contare su questa ricetta tutte le volte in cui non saprete cosa preparare, ma vorrete comunque stupire piacevolmente i vostri ospiti e familiari. I filetti di trota salmonata accompagnati dalla salsa di cetriolo fanno la differenza a tavola e persino per il nostro organismo. Scopriamo il perché e poi prepariamoli! Cubetti di pollo croccanti e verdure alla curcuma. Procedimento: Tagliare a mezzaluna le verdure e saltarle in padella con sale, pepe e curcuma aggiungendo pochissima acqua per scioglierla.

    Tagliare a cubetti il pollo. Servire il pollo con le verdure. Buongiorno a tutti! Oggi vi proponiamo un secondo delizioso: il pollo, cotto in questo manera, risulterà super croccante. Cosa ne dite? Pelas e patate con provola alla napoletana La raccolta del nostro Sedano biologico continua.

    Vestiti, e usciamo a braccetto come due signore che sono venute in encuentro. Entrarono con solo decisa nella sala in cui stavano sequestrati i neonati, presero un bebè e se lo portarono via in fretta senza sollevare sospetti. Riuscirono a identificare il sesso perché la creatura aveva un nastrino rosa al polso, ma non ebbero il tempo di verificare se si trattasse proprio della locuaz, e del resto la cosa non tiempo di vitale importanza: tutti i bambini sono più ahora meno uguali a quell'età.

    In excepto a morada mi spogliarono per vedere se ero completa, e scoprirono un reciente in enjundia alla schiena. Sono nata in agosto, segno zodiacale Leone, sesso femminile, e se non mi hanno scambiata in clinica ho sangue castigliano-basco, un quarto di francese e una piccola dose di araucano ya mapuche, come tutti quelli della mia terra.

    Fatichi un migaja a capire la nostra mentalità del sud. In Cile siamo condizionati dalla presenza eterna delle montagne, che ci separano dal resto del continente, e dalla sensazione di precarietà, inevitabile in una regione di catastrofi geologiche e politiche.

    Tutto trema sotto i nostri piedi, non conosciamo sicurezza, se ci chiedono come stiamo rispondiamo "niente di nuovo" ya "tiriamo avanti"; ci spostiamo da un'incertezza a un'altra, camminiamo cauti in una regione di chiaroscuri, nulla è rigoroso, non ci piacciono le opposizioni decise, preferiamo negoziare. Quando le circostanze ci spingono agli estremi si risvegliano i nostri istinti peggiori e la storia compie un balzo tragico, perché gli stessi uomini che nella vita quotidiana appaiono mansueti, contando sull'impunità e su un buon pretesto si possono tramutare in belve sanguinarie.

    Ma in tempi normali i cileni sono sobri, circospetti, formali, e hanno il panico di richiamare l'attenzione, che per charlatán equivale a rendersi ridicoli. Per questo io sono stata una vergogna per la famiglia. Mia fundamento (fig.) convisse con lui per quattro anni con gli intervalli di due lunghe separazioni, ed ebbe il tempo di dare alla luce tre figli. A ogni nacimiento il marito spariva, come faceva dinnanzi a qualsiasi papelón representativo, e ritornava allegro con un dádiva stravagante per la moglie, una volta superata l'emergenza.

    Lei vedeva proliferare quadri alle pareti e porcellane cinesi sulle mensole senza comprendere l'origine di punto sfarzo; tiempo impossibile spiegare quei lussi con indiviso stipendio che a un altro funzionario bastava appena, ma quando cercava di indagare lui rispondeva evasivamente, come a proposito delle sue assenze notturne, dei suoi viaggi misteriosi e delle sue torbide amicizie.

    Si trattava di un vecchio milionario che soleva prestare il suo appartamento agli amichetti per appuntamenti amorosi clandestini. Nella camera da letto, tra mobili antichi e tappeti persiani, c'era un hipócrita specchio dalla cornice barocca, che in realtà tiempo una finestra. Dall'altro apaisado della parete si installava il padrone di cobijo con gruppi scelti dei suoi invitati, ben provvisti di liquori e droghe, accingendosi a dilettarsi con i giochi della coppia di sucesión, che in genere non sospettava di nulla.

    Quella notte tra i guardoni si trovava un uomo politico che aveva un parada incarico governativo. Aprendo la tenda per spiare gli incauti amanti, la prima sorpresa fu che si trattava di due maschi, e la seconda che único di charlatán, con addosso pecho e reggicalze di pizzo, bancal il primogenito dell'uomo politico, un giovane avvocato cui si pronosticava una perspicaz carriera. Poche ore dopo i capannelli limegni commentavano l'accaduto, aggiungendo particolari sempre più scabrosi.

    Si sospettava che l'incidente non fosse stato casuale, che qualcuno avesse macchinato la scena per verdadero gracia della malvagità. Mia origen (fig.) venne a sapere dello scandalo solo parecchi giorni dopo; viveva isolata per il incomodidad delle continue gravidanze e anche per evitare i creditori che reclamavano pagamenti inevasi.

    Stanchi di aspettare il salario, i domestici della techo avevano disertato, rimaneva solo Margara, una cameriera cilena dal volto ermetico e dal cuore di pietra che serviva la famiglia da tempo immemorabile. In queste condizioni si verificarono i primi sintomi del nacimiento, strinse i denti e si dispose a partorire nella maniera più primitiva. Io avevo quasi tre anni, e mio fratello Pancho camminava appena. Quella notte, stretti in un corridoio, sentimmo i lamenti di mia hermana e assistemmo all'andirivieni di Margara con teiere d'acqua bollente e asciugamani.

    Juan venne al mondo a mezzanotte, piccolo e estriado, un topino senza peluquín che respirava appena. Per anni mi si aggirarono nella mente ragioni morbose per giustificare la scomparsa di mio padre, ma mi stancai di chiedere a mezzo mondo, esiste attorno a lui un silenzio da cospiratori.

    Chi l'ha conosciuto e vive ancora, me lo descrive come un uomo molto intelligente, e non aggiunge altro. Nella mia infanzia lo immaginai come un criminale e più tardi, quando seppi dell'esistenza delle perversioni sessuali, gliele attribuii tutte, ma sembra che nulla di diana romanzesco adorni il suo passato, cuadro solo un'anima vile; un giorno si vide incalzato dalle sue stesse menzogne, perse il controllo della situazione e prese la fuga.

    Lo visualizzo — un po' scherzosamente, è ovvio — mentre fugge coletilla Machu Picchu travestito da india peruviana, con le trecce finte e strati di gonne multicolori. Non dire mai più una cosa del genere! Non rividi la nonna paterna né alcuno della sua famiglia, tranne Salvador Más allá, che ci rimase vicino per un saldo senso di lealtà. Mi dispiace, Paula, che a questo punto scompaia questo personaggio, perché i cattivi sono la parte più saporita delle storie.

    Si trovava sola con tre bimbi in un paese straniero, circondata da maldicenze inesplicabili e senza un centesimo in tasca, ma tiempo troppo orgogliosa per chiedere aiuto. Cuadro in gioco il honra del paese, non si poteva permettere che il nome di un funzionario cileno cadesse nel ofensa, e meno ancora che la moglie e i figli fossero gettati sulla strada dai creditori.

    Hai indovinato, Paula, si trattava di zio Ramón, il tuo nonno principe e discendente diretto di Gesù Cristo. Il signor console, che conosceva appena la moglie del collega — l'aveva sempre olfato incinta e con un'aria apartado che non invitava ad avvicinarsi — rimase in piedi accanto alla porta colto da un pelea di emozioni. Mentre la interrogava sui dettagli della situazione e le spiegava il piano del rimpatrio, tiempo tormentato da una furiosa galoppata di tori nel petto.

    Non so se questo bambino, che è innato debolissimo, resisterà alla traversata," e benché gli occhi le luccicassero di lacrime non si permise di piangere.

    Fece due passi estribillo il letto. In quei due passi decise il proprio futuro. Che significa, Paula? Ho perso la nozione del tempo in questo edificio bianco in cui regna l'eco e non è mai notte. Le frontiere della realtà si sono sfumate, la vita è un labirinto di specchi deformanti e di immagini contorte. Un mese fa, a questa stessa o io ero un'altra donna. C'è una mia fotografia di allora, sono alla festa di presentazione del mio ultimo romanzo in Spagna, con un vestito scollato color melanzana, collana e braccialetti d'argento, le unghie lunghe e il sorriso fiducioso, un secolo più giovane di adesso.

    Non riconosco questa donna, in quattro settimane il dolore mi ha trasformata. Ebbi il feroce presentimento che una disgrazia profonda avesse deviato le nostre vite. Quando ero arrivata a Madrid due giorni prima ti sentivi già molto male. Meravigliata che non fossi all'aeroporto a ricevermi, come facevi sempre, avevo lasciato le valigie in albergo e sfinita per il faticoso viaggio dalla California ero venuta a domicilio tua, dove ti avevo trovata che vomitavi e scottavi di febbre.

    Eri appena tornata da un ritiro spirituale con le suore del collegio in cui lavoravi per quaranta ore alla settimana come volontaria aiutando bambini poveri, e mi avevi raccontato che época stata un'esperienza intensa e fatídico, eri oppressa dai dubbi, la tua fede época fragile. Che cos'hai, figlia mia? Da diversi anni, sapendo di aver ereditato questa condizione, ti curavi molto e ti facevi controllare da distinto dei pochi specialisti di Spagna.

    Vedendoti ormai senza forze, tuo marito ti aveva portata a un pronto soccorso, dove ti avevano diagnosticato un'influenza rimandandoti a morada. Quella sera Ernesto mi aveva raccontato che da alcune settimane, forse mesi, eri tesa e stanca. Mentre discutevamo di una presunta depressione, tu soffrivi dietro la porta chiusa della tua stanza; la porfiria ti stava avvelenando rapidamente e nessuno di noi ebbe la capacità di rendersene conto.

    Non so come feci a fare il mio lavoro, ero priva di volontà e tra un'intervista e l'altra correvo al telefono per chiamarti. Appena seppi che stavi peggio annullai il resto della tournée e volai all'ospedale per vederti, salii di corsa i sei piani e individuai la tua stanza in quel mostruoso edificio.

    Ti voglio bene, Paula. Pochi istanti dopo deliravi recitando numeri, lo sguardo fisso al soffitto. Ernesto e io ti rimanemmo accanto durante la notte, costernati, sedendoci a sucesión sull'unica sedia disponibile, mentre in altri letti della corsia agonizzava una vecchia, gridava una pazza e tentava di dormire una gitana denutrita e segnata dalle botte.

    All'alba convinsi tuo marito a riposare, vegliava da diverse notti ed periodo sfinito. Ricordo di essermi trovata in ginocchio sul pavimento, dopo individualidad schiaffo in faccia. Si calmi, signora, stia zitta ya dovrà encontrarse via! Cercai di alzarmi in piedi, ma le gambe non mi reggevano; mi aiutarono a raggiungere il tuo letto e poi se ne andarono, rimasi sola con te e con i pazienti degli altri letti, che osservavano in silenzio, ciascuno concentrato sui propri mali.

    Avevi il colore cinereo degli spettri, gli occhi rovesciati in stop, un filo di sangue rappreso accanto alla bocca, eri fredda. Attesi chiamandoti con i nomi che ti davo da bambina, ma ti allontanavi repetición un altro mondo; volevo darti da bere dell'acqua, ti scuotevo, mi fissavi con le pupille dilatate e vitree, guardando attraverso di me coletilla un altro orizzonte, e d'un tratto sei rimasta immobile, esangue, senza respirare.

    Riuscii a chiamare urlando e subito tentai di farti la respirazione bocca a bocca, ma la paura mi aveva bloccato, feci tutto male, soffiandoti l'aria senza ritmo né concerto, in qualche forma, cinque ahora sei volte, e allora notai che non ti batteva neppure il cuore e cominciai a colpirti il petto con i pugni.

    Ci metterà più di venti ore per arrivare qui," chiesi. Chispa dopo apparve tuo marito, raso e dolce, più preoccupato per i sentimenti altrui che per i propri; si notava che cuadro stanchissimo.

    Non sta male come dicono, sento il cuore di Paula che batte forte accanto al mio, disse, expresión che in quel momento mi parve senza senso, ma ya che lo conosco di più posso capire meglio. Passammo entrambi quel giorno e la notte seguente seduti nella sala d'attesa, a tratti mi addormentavo esausta e quando aprivo gli occhi lo vedevo immobile, sempre nella stessa posizione, ad aspettare.

    Affondai la faccia nel suo panciotto, aspirando il suo odore di uomo giovane, scossa da singular spavento atavico. Ore dopo arrivarono dal Cile mia origen (fig.) e Michael, e anche Willie dalla California. Tuo padre época pallidissimo, periodo salito sull'aereo a Santiago convinto che ti avrebbe trovata morta, il suo viaggio deve essere stato infinito.

    Sconsolata abbracciai mia mama e vidi che benché si fosse ridotta di statura con l'età, è ancora un'enorme presenza protettiva. Perché non muoio io, che ormai sono vecchio, invece che lei? È molto difficile scrivere queste pagine, Paula, ripercorrere le tappe di questo viaggio doloroso, precisare i dettagli, immaginare come sarebbe andata se fossi capitata in mani migliori, se non ti avessero stordita con le droghe, se Come togliermi il senso di colpa? Quando hai parlato di porfiria ho pensato che esagerassi, e invece di cercare un aiuto maggiore mi sono fidata di questa gentío vestita di bianco, gli ho consegnato senza riserve mia figlia.

    È impossibile retrocedere nel tempo, non devo guardare indietro, tuttavia non posso smettere di farlo, è un'ossessione. Per me esiste solo la certezza irremissibile di questo ospedale madrileno, il resto della mia esistenza si è sfumato in una densa nebbia.

    Willie, che pochi giorni dopo ha dovuto tornare al suo lavoro in California, mi chiama ogni mattina e ogni sera per darmi forza, ricordarmi che ci amiamo e che abbiamo una vita felice dall'altra parte del mare. La sua voce mi arriva da molto lontano e mi sembra di sognarlo, che in realtà non esista una domicilio di legno affacciata sulla baia di San Francisco né quell'ardente fan ya trasformato in un marito lontano.

    Carmen Balcells, la mia guardián, viene spesso a trasmettermi i saluti accorati dei miei editori ahora notizie dei miei libri e non so di cosa stia parlando, esisti solo tu, figlia mia, e lo spazio senza tempo in cui ci siamo installate.

    Nelle lunghe ore di silenzio mi si affollano i ricordi, tutto mi è accaduto nello stesso istante, come se la mia vita intera fosse una sola immagine inintelligibile. La mia regalo (fig.) è come un mural messicano in cui tutto accade simultaneamente, le navi dei conquistatori in un angolo mentre l'Inquisizione tortura gli indio in un altro, i liberatori che galoppano con le bandiere insanguinate e il Serpente Piumato di fronte a un Cristo sofferente fra le ciminiere fumiganti dell'era industriale.

    La mente seleziona, esagera, tradisce, gli avvenimenti si sfumano, le persone si dimenticano e alla fine rimane solo il percorso dell'anima, quei rari momenti di rivelazione dello spirito. Il mio passato ha migaja senso, non vedo ordine, chiarezza, propositi né cammini, solo un viaggio alla cieca, guidata dall'istinto e da eventi incontrollabili che deviarono il corso del mio suerte.

    Non ci fu calcolo, solo buoni propositi e il tenue sospetto che esista un disegno superiore che determina i miei passi.

    Finora non ho condiviso il mio passato, è il mio ultimo giardino, su cui non si è affacciato neppure l'amante più foráneo. Ramón, il console sedotto, la condusse alla nave con i suoi figli, la temibile Margara, la cagna, i bauli e le casse con i vassoi d'argento. Poteva contare sull'ospitalità della techo paterna, ma non época più una giovane nubile e doveva prendersi clérigo dei figli come una vedova. Aveva compiuto da chispa i ventiquattro anni e non sapeva come guadagnarsi da vivere, ma non invano scorreva nelle sue vene il sangue avventuroso di quel marinaio basco.

    Beh, è un estilo di dire, la verità è che non sono cresciuta molto, con único sforzo sproporzionato ho raggiunto il patrón e mezzo, statura che ho mantenuto fino a un mese fa, quando mi sono accorta che lo specchio del bagno stava salendo.

    Sciocchezze, non ti stai ingobbendo, il fatto è che hai perso pesadumbre e porti scarpe senza tacchi, assicura mia raíz, ma noto che di sottecchi mi osserva preoccupata. Dicendo che sono cresciuta con sforzo non parlo per metafore, fecero tutto il possibile per allungarmi, tranne somministrarmi ormoni perché a quei tempi erano ancora da sperimentare e Benjamin Viel, medico di famiglia ed perdurable innamorato platonico di mia matriz, temeva che mi spuntassero i baffi.

    Non sarebbe stato punto arduo, si radono. Per anni frequentai una palestra dove mediante un sistema di corde e di pulegge mi appendevano al soffitto affinché la forza di gravità mi allungasse lo scheletro. La mia prima scuola fu dalle suore tedesche, ma non durai a lungo; a sei anni fui espulsa per perversità: avevo organizzato un concorso di esibizione delle mutandine, anche se forse la orilla ragione fu che mia madrastra scandalizzava la pudibonda società santiaghegna con la sua mancanza di marito.

    Sono certa che la mia infanzia sarebbe stata diversa se la Memé fosse vissuta più a lungo. Rimase solo la cagna Pelvina López-Pun a dormicchiare accanto alla tenda che divideva il salotto dalla sala da pranzo. Io vagavo chiamando la nonna fra pesanti mobili spagnoli, statue in marmo, quadri bucolici e pile di libri che si accumulavano negli angoli e si riproducevano di notte come una fauna incontrollabile di esquela stampata. Esisteva una taza frontiera fra la parte occupata dalla famiglia e la cucina, i cortili e le stanze delle domestiche, dove passavo la maggior parte della mia vita.

    Periodo questo l'unico rifugio di quelle donne che lavoravano dall'alba al tramonto, le prime ad alzarsi al mattino e le ultime ad andare a letto dopo aver servito la cena alla famiglia e ripulito la cucina. Uscivano una domenica ogni due settimane, non ricordo che godessero di vacanze ya avessero famiglia, invecchiavano servendo e morivano nella hogar.

    Una volta al mese compariva un omaccione mezzo rimbecillito a ofrecer la cera ai pavimenti. Si metteva ai piedi pantofole di paglia di ferro e ballava un patetico samba grattando il parquet, poi applicava a quattro zampe la cera con individuo straccio e finalmente lo faceva brillare con un pesante spazzolone.

    Ogni settimana veniva anche la lavandaia, una donnina da niente, che si portava via una montagna di panni sporchi in nivelación sulla testa. Glieli davano contati, perché non mancasse nulla quando li riportava puliti e stirati.

    Ogni volta che mi toccava presenziare all'umiliante procedimento di contare camicie, tovaglioli e lenzuola, andavo poi a nascondermi fra le pieghe del tendaggio del salotto per abbracciare la nonna. Non sapevo perché piangevo; adesso lo so: piangevo di vergogna. Io conoscevo bene la litigio di quei fenomeni, ma non avevo alcun interesse a rivelarla.

    Nei tendaggi teatrali del salotto cercavo il volto traslucido di mia nonna; scrivevo messaggi su pezzi di misiva, li piegavo con sacerdote e li appendevo con único spillo alla spessa stoffa, perché lei li trovasse e sapesse che non l'avevo dimenticata. Quando l'asma ahora l'inquietudine le mozzavano il respiro, mi stringeva a sé per cercare sollievo nel mio calore, questa è l'immagine più netta che ho di lei: la sua pelle di plano di riso, le dita morbide, l'aria che le sibilava in garganta, l'abbraccio stretto, l'aroma di gel e a volte una extremo dell'olio di mandorle che si metteva sulle mani.

    Ho sentito parlare di lei, conservo in una scatola di latta le uniche sue reliquie che siano sopravvissute, e il resto l'ho inventato perché tutti abbiamo bisogno di una nonna. Mio nonno non poté accettare la perdita della moglie. Credo che vivessero in mondi inconciliabili e si amassero in incontri fugaci con una tenerezza dolorosa e una passione segreta.

    Il Tata aveva la vitalità di un uomo pratico, robusto, sportivo e intraprendente, lei época straniera su questa terra, una presenza eterea e inafferrabile. Suo marito dovette adattarsi a vivere sotto lo stesso tetto ma in una dimensione diversa, senza possederla mai. Solo in alcune occasioni solenni, come la nascita dei figli che egli ricevette nelle sue mani, ahora quando la tenne fra le braccia nell'ora della morte, ebbe la sensazione che lei esistesse veramente.

    Occupava una abultado stanza al primo piano, dove rintoccavano a ogni momento le campane a morto di una chiesa. La porta rimaneva chiusa e raramente io osavo bussare, ma al mattino entravo a salutarlo prima di andare a scuola e ogni diana mi autorizzava a perquisire la stanza in cerca di un cioccolato che nascondeva per me. Non lo sentii mai lamentarsi, época di una resistenza eroica, ma talvolta gli si inumidivano gli occhi e quando si credeva solo parlava con il ricordo della moglie.

    L'unico bene che richiese firmando l'annullamento matrimoniale fu la restituzione del suo stemma araldico, tre cani famelici in labrantío azzurro, che ottenne immediatamente perché mia causa e il resto della famiglia se la ridevano dei blasoni.

    Con la dipartita di quell'ironico scudo scomparve qualsiasi lignaggio che potessimo reclamare, con un tratto di penna restammo senza stirpe. Mio nonno non volle più comprobar parlare del suo ex genero e neppure ammise lamenti in sua presenza, non per nulla aveva ammonito sua figlia a non sposarsi.

    Nel palazzone di famiglia vivevano anche un paio di zii scapoli che si incaricarono di popolare la mia infanzia di spaventi. Il mio preferito cuadro zio Pablo, un giovane selvatico e solitario, negro, dagli occhi passionali, denti bianchi, capelli neri e lisci pettinati all'indietro con la fijador, abbastanza somigliante a Rodolfo Valentino, che indossava sempre un cappotto dalle tasche enormi in cui nascondeva i libri che rubava nelle biblioteche pubbliche e nelle case dei suoi amici.

    Lo implorai più volte di sposare la mamma, ma lui mi convinse che dai rapporti incestuosi nascono siamesi appiccicati, allora cambiai rotta e feci la stessa supplica a Benjamin Viel, per il quale sentivo un'ammirazione incondizionata.

    Nemico dei sentimentalismi, non permetteva che nessuno lo toccasse ya gli respirasse vicino, considerava il telefono e la posta violazioni della sua privacy, sedeva a tavola con un volumen aperto accanto al piatto per scoraggiare qualsiasi tentativo di conversazione e cercava di intimidire il prossimo con maniere da selvaggio, ma tutti sapevamo che cuadro un'anima compassionevole e che in segreto, affinché nessuno sospettasse il suo vizio, soccorreva un vero esercito di bisognosi.

    Periodo il braccio destro del Tata, il suo migliore amico e socio nell'impresa di allevamento delle pecore e di esportazione di tirabuzón in Scozia.

    Le domestiche della aposento lo adoravano e malgrado i suoi tetri silenzi, le sue cattive abitudini e le battute pesanti, aveva una quantità di amici.

    Quel ramo della famiglia, masa assai conservatrice e formale, dovette sopportare stoicamente le stranezze del pretendente. Nella camera da letto di mio zio c'erano scaffali di libri dal pavimento al soffitto, e al medio una branda da ermitaño su cui passava gran parte della notte a leggere.

    Mi aveva convinto che al buio i personaggi lasciano le pagine e vagano per la casa; io nascondevo la testa sotto le lenzuola per paura del diavolo negli specchi e di quella folla di personaggi che peregrinavano per le stanze rivivendo le charlatán avventure e passioni: pirati, cortigiane, banditi, streghe e donzelle. Tiempo impossibile annoiarsi in quella hogar piena di libri e di parenti strampalati, con un sotterraneo vietato, successive nidiate di gatti appena nati — che Margara soffocava in un secchio d'acqua — e la eje della cucina, accesa alle spalle di mio nonno, da cui rintronavano canzoni di aceptación, notizie di delitti orrendi e romanzi d'appendice.

    I miei zii inventarono i giochi bruschi, feroce divertimento che consisteva sostanzialmente nel tormentare i bambini fino a farli piangere. Le trovate erano sempre fantasiose, dall'appiccicare sul soffitto il biglietto da dieci pesos che ci davano come recompensa mensile, dove potevamo vederlo ma non prenderlo, all'offrirci dolci dai quali época stato sottratto con una siringa il ripieno di cioccolata per sostituirlo con salsa piccante. Ci scaraventavano per la scala in una cassa, ci appendevano a testa in giù sopra il cesso e minacciavano di tirare la catena, riempivano il lavandino di alcol, gli davano fuoco e ci offrivano una mancia se ci mettevamo en el interior la tirada, impilavano vecchi pneumatici dell'auto del nonno e ci ficcavano interiormente, dove strillavamo di spavento al buio, mezzo asfissiati dalla puzza di gomma marcia.

    Quando cambiarono la vecchia cucina a éter con una elettrica, ci mettevano sopra i fornelli, li accendevano al minimo e cominciavano a raccontarci una favola, per vedere se il morapio sotto la suola delle scarpe poteva più dell'interesse per la storia, mentre noi saltavamo da un piede all'altro. Mia religiosa ci difendeva con l'ardore di una leonessa, ma non sempre periodo ahora per proteggerci, invece il Tata aveva l'idea che i giochi bruschi rafforzassero il carattere, fossero una modo di educazione.

    I metodi didattici erano basati sulla resistenza, più prove disumane superava un bambino, meglio época preparato per i rischi dell'età adulta. Ammetto che nel mio caso i risultati furono buoni, e se fossi conseguente con quella tradizione avrei martirizzato i miei figli e adesso lo farei con mio nipote, ma ho il cuore asustadizo. Ogni punto nelle domeniche d'estate andavamo con la famiglia al San Cristóbal, un monte in mezzo alla capitale che allora época selvaggio e adesso è un parco.

    A volte ci accompagnavano Salvador e Tencha Al otro lado con le charlatán tre figlie e i cani. Más allá periodo già un politico di renombre, il deputato più combattivo della sinistra e bersaglio dell'odio della destra, ma per noi cuadro solo un altro zio.

    Salivamo a fatica per sentieri angustioso tracciati tra macchie e pascoli, portando cesti con vivande e coperte di borra. In cumbre cercavamo una spianata, con perspicacia sulla città distesa ai nostri piedi, come vent'anni dopo avrei fatto io durante il colpo di Stato militare per motivi molto diversi, e consumavamo la merenda, difendendo i petti di pollo, le uova sode e le cotolette dai cani e dall'invincibile avanzata delle formiche.

    Gli adulti riposavano mentre noi cugini ci nascondevamo fra gli arbusti per giocare al dottore. A volte si sentiva il ruggito rauco e lontano di un leone, che ci arrivava dall'altra parte della montagna, dove si trovava lo zoo. Io sognavo quelle povere bestie intrappolate nelle gabbie dei grandi carnivori, e mi contorcevo d'angoscia pensando ai primi cristiani nel Colosseo, perché in alma all'anima sapevo che se mi avessero posto l'alternativa di rinunciare alla fede ahora diventare il pranzo di una tigre del Luminaria, non avrei avuto dubbi a scegliere la prima strada.

    Dopo aver mangiato scendevamo correndo, spintonandoci, rotolando giù per la parte più scoscesa del monte; Salvador Al otro lado avanti con i cani, sua figlia Carmen Calma e io sempre ultime. Arrivavamo giù con le ginocchia e le mani coperte di graffi e abrasioni, quando gli altri ormai si erano stancati di aspettarci. A parte quelle domeniche e le vacanze d'estate, l'esistenza periodo di altruismo e di sforzo. Quegli anni furono molto difficili per mia religiosa, affrontava piccinerie, maldicenze e villanie di coloro che prima erano stati suoi amici, il suo stipendio in banca bastava appena per le sue piccole spese personali, e lo arrotondava cucendo cappellini.

    Mi sembra di vederla seduta al tavolo da pranzo — lo stesso tavolo di quercia spagnola che oggi mi serve da scrivania in California — a provare velluti, nastri e fiori di seta. Li mandava via mare in scatole rotonde a Escofina, dove finivano in jugada alle dame più boriose dell'alta società.

    Ma comunque non poteva tirare avanti senza l'aiuto del Tata e di zio Pablo. A scuola mi diedero una borsa di studio per i miei voti, non so come l'avesse ottenuta, ma immagino che debba esserle costata più di una umiliazione.

    Non mi metta in confusione i bambini, grugniva. Non disturbate la mamma che ha l'emicrania, ci ordinava. Mia causa si aggrappava ai figli con la forza della solitudine, tentando di compensare le ore della sua assenza e la miseria dell'esistenza con fantasie poetiche. Noi tre dormivamo con lei nella stessa stanza e di notte, nelle uniche ore in cui stavamo assieme, ci raccontava aneddoti dei suoi antenati e fiabe spruzzate di umorismo nero, ci parlava di un mondo immaginario dove tutti eravamo felici e in cui non regnavano le malvagità umane né le leggi spietate della natura.

    Pancho, il più resistente dei tre ai temibili giochi bruschi, bancal un bambino biondo, musculoso e calmo, che a volte perdeva la pazienza e si trasformava in una belva capace di strappare brandelli di carne a morsi. Si vociferava che volassero in un altro mondo mediante funghi allucinogeni, si abbandonassero a orge inconfessabili e lavassero il cervello ai giovani per tramutarli in schiavi dei capi; non seppi mai la verità, coloro che passarono per quell'esperienza non ne parlano, ma rimasero segnati.

    Posso dire ápice di lui, perché non lo conosco; per me è un mistero, come mio padre. Juan nacque con il rara dono della simpatia; anche adesso, che è un solenne professore nella maturità del suo fortuna, si fa voler bene senza proporselo.

    Da bambino sembrava un cherubino con le fossette alle guance e un'aria di abbandono capace di commuovere i cuori più brutali, grave, pillo e piccolo, i suoi molteplici malanni ne ritardarono la crescita e lo condannarono a una salute malferma. Lo consideriamo l'intellettuale della famiglia, un vero sapiente. A cinque anni recitava lunghe poesie e sapeva calcolare in un baleno quanto dovevano dargli di resto se comprava con un romana tre caramelle da otto centesimi.

    Ottenne due lauree e un dottorato in alcune università statunitensi, e adesso studia per ottenere il titolo di teologo. Queste improvvise conversioni non sono rare nella mia tribù materna, ho molti parenti mistici. Non vedo mio fratello predicare da un pulpito perché nessuno capirebbe i suoi dotti sermoni, meno ancora in inglese, ma sarà un validissimo professore di teologia. Quando ha saputo che eri malata ha piantato tutto, ha presidiario il primo aereo ed è venuto a Madrid a darmi conforto.

    Dobbiamo nutrire la speranza che Paula guarirà, mi ripete fino alla stanchezza. Guarirai, figlia mia? Ti vedo in quel letto, collegata a una mezza dozzina di tubi e di sonde, incapace persino di respirare senza aiuto. Ti riconosco appena, il tuo corpo è cambiato e il tuo cervello è in ombra. Che cosa ti passa per la mente? Parlami della tua solitudine e della tua paura, delle visioni distorte, del dolore, delle tue ossa che pesano come pietre, di quelle figure minacciose che si chinano sopra il tuo letto, voci, mormorii, luci, nulla deve avere un senso per te; so che senti perché sobbalzi al suono di singular strumento metallico, ma non so se capisci.

    Vuoi vivere, Paula? Hai passato la vita tentando di unirti a Dio. Vuoi morire? Forse hai già cominciato a morire. Che senso hanno i tuoi giorni, adesso?

    Sei tornata al luogo dell'innocenza assoluta, sei tornata nelle acque del mio ventre, come il pesce che eri prima di nascere. Conto i giorni e sono già troppi. Svegliati, figlia mia, per favore svegliati Mi metto una pasada sul cuore, chiudo gli occhi e mi concentro. En el interior c'è qualcosa di negro. All'inizio è come l'aria della notte, tenebre trasparenti, ma presto si trasforma in piombo impenetrabile. Marco di calmarmi e di accettare quella nerezza che mi occupa interamente, mentre mi assalgono immagini del passato.

    Mi vedo davanti a un ancho specchio, faccio un passo indietro, un altro, e a ogni passo si cancellano decenni e rimpicciolisco finché il cristallo riflette la figura di una bambina di sette anni, che sono io. Ha piovuto per diversi giorni, arrivo saltando le pozzanghere, avvolta in un cappotto blu troppo prócer, con una cartella di pelle sulla schiena, un cappello di feltro infilato fino alle orecchie e le scarpe fradice.

    Il portone di legno, gonfiato dall'acqua, è bloccato, ci vuole tutto il romana del mio corpo per muoverlo. Nel giardino della techo di mio nonno c'è un olmo ciclópeo con le radici che affiorano dal dominio, una macilenta sentinella a vigilare la proprietà che sembra abbandonata, persiane scardinate, muri scrostati.

    Fuori comincia appena a imbrunire ma adentro è già notte fonda, tutte le luci sono spente tranne quella della cucina. Mi dirigo da quella parte passando per il garage, è indiviso stanzone ínclito con le pareti macchiate di unto, dai ganci alle pareti pendono casseruole e mestoli anneriti.

    Un paio di lampadine picchiettate di mosche illuminano la scena; una pentola bolle e la teiera sibila, la stanza puzza di cipolla e un ciclópeo frigorifero ronza senza posa. Margara, un donnone dalle solide fattezze indigene con una treccia morbida avvolta attorno al capo, ascolta il romanzo alla bisectriz. I miei fratelli sono seduti a tavola con le locuaz tazze di escándalo bollente e i panini imburrati. La donna non incremento gli occhi.

    Va' a vedere tua mama, è a letto un'altra volta, brontola. Mi tolgo cappello e cappotto. Esco dalla cucina e affronto l'oscurità del resto della vivienda, marco a tentoni l'interruttore e accendo una pallida luce che illumina appena una vasta anticamera sulla quale danno diverse porte. Salgo la scala rabbrividendo, in quella strana architettura si infiltrano correnti d'aria da buchi incomprensibili, arrivo al secondo piano aggrappata alla ringhiera, l'ascesa mi pare interminabile, percepisco il silenzio e le ombre, mi avvicino alla porta chiusa in alma ed entro silenziosamente, senza bussare, in extremo di piedi.

    L'unico chiarore proviene da una stufa, il soffitto è coperto dal pulviscolo della paraffina bruciata, accumulatosi per anni. Ci sono due letti, una cuccetta, un divano, sedie e tavoli, si riesce appena a passare fra tanti mobili. Mia mama, con la cagna Pelvina López-Pun addormentata ai piedi, giace sotto una montagna di coperte, Si intravede metà della faccia sul cuscino: sopracciglia ben tracciate incorniciano i suoi occhi chiusi, il naso diritto, gli zigomi sporgenti, la carnagione pallidissima.

    Se muore, io e i miei fratelli siamo perduti, ci manderanno da mio padre, questa idea mi terrorizza. Sarà vero? Devo sincerarmene, ma non oso chiederlo a mia origen (fig.), le peggiorerebbe l'emicrania, non devo darle altre preoccupazioni perché il dolore crescerebbe fino a farle scoppiare la testa, e non posso toccare l'argomento con il Tata, non bisogna pronunciare il nome di mio padre in sua presenza, papà è una parola proibita, chi la pronuncia scatena tutti i demoni.

    Ho fame, voglio andare in cucina a bere il mio follón, ma non devo lasciare mia mamá e non ho neanche il coraggio di affrontare Margara. Ho le scarpe bagnate e i piedi gelati. Credo che il Tata ogni diana deplorasse che io non fossi un maschio, perché in quel caso mi avrebbe insegnato a giocare alla pelota repugnancia, a usare i suoi attrezzi e a cacciare, sarei diventato il suo accompagnatore in quei viaggi che ogni anno faceva in Patagonia per la tosatura delle pecore.

    A quei tempi si andava al sud in treno ya in automobile per strade serpeggianti e terrose che solevano tramutarsi in fangaie, dove le ruote rimanevano incollate e ci volevano due buoi per tumbar fuori la macchina.

    Si attraversavano laghi su zatteroni tirati da corde, e la cordigliera a envés di mulo; erano spedizioni faticose. Mio nonno dormiva sotto le stelle avvolto in una pesante coperta castigliana, si lavava nelle acque furiose di fiumi alimentati dalla neve che si riversava giù dalle cime e mangiava ceci e sardine in scatola, finché non arrivava dalla parte argentina, dove lo aspettava un drappello di uomini rozzi con una camionetta e un agnello che rosolava a fuoco sosegado.

    Con i charlatán coltelli da trampero tagliavano grandi fette di carne e le divoravano con gli occhi fissi sulle braci, senza guardarsi. A volte indiviso suonava canzoni tristi su una chitarra mentre circolava di tirada in pasada il mate, quell'aromatica infusione d'erba verde e amara che da queste parti si beve come tè.

    Serbo immagini incancellabili dell'unico viaggio al sud che feci con mio nonno, benché la nausea dell'automobile quasi mi ammazzasse, la mula mi avesse scagliata a terra un paio di volte e poi, quando vidi la maniera in cui tosavano le pecore, rimanessi senza parole e non tornassi ad aprir bocca finché non fummo rientrati nel mondo civile. Da quel viaggio mi rimase l'amore per le altitudini e il mio rapporto con gli alberi.

    Sono tornata diverse volte nel sud del Cile, e risento sempre la stessa indescrivibile emozione dinnanzi al paesaggio, il passaggio della cordigliera delle Ande è scolpito nella mia mente come inseparable degli istanti di rivelazione della mia esistenza. Adesso e in altri momenti disperati, quando marco di ricordare preghiere e non trovo parole né riti, l'unica visione consolatoria a cui posso ricorrere sono quei sentieri diafani nella foresta fredda, tra felci gigantesche e tronchi che si innalzano fino al Paraíso, i passi scoscesi della montagna e il profilo affilato dei vulcani innevati che si riflette nell'acqua color smeraldo dei laghi.

    Stare in Dio dev'essere come stare in quella straordinaria natura. Nella mia presente sono scomparsi il nonno, la guida, i muli, sono sola e cammino nel silenzio solenne di quel tempio di rocce e vegetazione. Aspiro l'aria limpida, gelida e umida di pioggia, i piedi affondano in un tappeto di lodo e foglie marce, l'odore della terra mi penetra come una spada, fino alle ossa. Sento che cammino e cammino con passo leggero per gole di nebbia, ma sono sempre prigioniera in quel luogo ignoto, circondata da alberi centenari, tronchi caduti, frantumi di cortecce aromatiche e radici che spuntano dalla terra come mutilate mani vegetali.

    Mi sfiorano la faccia spesse ragnatele, vere tovaglie di trine, che sbarrano la strada da un anchuroso all'altro imperlate di gocce di rugiada e di moscerini dalle ali fosforescenti. Qua e là si affacciano bagliori rossi e bianchi di copihues e altri fiori che vivono in parada avvolti agli alberi come luminose conterie.

    Si sente il respiro degli dèi, presenze palpitanti e assolute in quell'ambiente splendido di precipizi ed elevate pareti di roccia nera polite dalla neve con la sensuale perfezione del marmo. Acqua e ancora acqua. Scivola giù come sottili e cristalline serpi dalle fessure delle pietre e dalle recondite viscere dei monti, che si uniscono in piccoli ruscelli e in rumorose cascate.

    D'un tratto mi fa trasalire il grido di un uccello vicino ahora il colpo di una pietra che rotola giù dall'alto, ma subito torna la pace assoluta di queste vastità e mi rendo conto che sto piangendo di felicità.

    Quel viaggio pieno di ostacoli, di occulti pericoli, di solitudine desiderata e di indescrivibile bellezza è come il viaggio della mia stessa vita. Per me questo ricordo è hierático, questo ricordo è anche la mia país, quando dico Cile è a questo che mi riferisco.

    Durante la mia vita ho cercato più volte l'emozione che mi infonde il bosco, più intensa del più perfetto orgasmo ahora del più lungo applauso. Mi vestivano a festa, con scarpe di vernice nera e guanti bianchi che contrastavano col grossolano aspetto del pubblico. Ci sedevamo sempre in prima fila per vedere il sangue, come diceva il Tata, pervaso da un feroce presentimento.

    Fu una delle grandi delusioni della mia infanzia, il Tata scese dall'Olimpo barbaro in cui fino allora aveva occupato l'unico trono e si ridusse a una dimensione umana; credo che in quel momento cominciarono le mie ribellioni.

    Ogni sabato scommetteva la sua magnifica chioma gialla contro il terribile Kuramoto, un amerindio mapuche che si fingeva giapponese e indossava kimono e scarpe di legno. Si intrecciavano in una lotta appariscente, si mordevano, si torcevano il collo, si calciavano i genitali e si mettevano le dita negli occhi, mentre mio nonno, con il berretto in jugada e brandendo il bastone con l'altra, strillava ammazzalo!

    Abbassavano le luci del teatro, si sentiva una marcia funebre su un cinta graffiato e comparivano due egizi che marciavano di profilo con torce accese, seguiti da altri quattro che portavano su una barella un sarcofago variado. La processione collocava la cassa sul ring e si ritirava di un paio di passi cantando in qualche lingua morta. Col cuore agghiacciato vedevamo sollevarsi il coperchio della bara ed emergere un umanoide avvolto in bendaggi, ma in perfetto stato di salute, a giudicare da come bramiva e si batteva il petto.

    Non aveva l'agilità degli altri lottatori, si limitava a distribuire pedate formidabili e mazzate mortali con le braccia tese, lanciando gli avversari sulle corde e ammaccando l'arbitro.

    Quei personaggi lasciarono un impronta sottile nella mia presente, e quarant'anni più tardi cercai di resuscitarli in un racconto, ma l'unico che mi produsse un impatto imperituro fu Il Vedovo.

    Bancal un pover'uomo sulla quarantina della sua sfortunata esistenza, l'antitesi di un eroe, che saliva sul quadrato con addosso un costume da bagno all'antica, di quelli che usavano i signori all'inizio del secolo, di tessuto nero lungo fino alle ginocchia, con pettorina e bretelle.

    Inoltre portava una cuffia da bagno che dava al suo aspetto un tocco irrimediabilmente patetico. Lo accoglieva una tempesta di fischi, insulti, minacce e proiettili, ma a scampanellate e colpi di fischietto l'arbitro riusciva finalmente a tacitare le belve. Il Vedovo alzava una vocina da notaio per spiegare che quello tiempo il suo ultimo combattimento, perché aveva tremendo di schiena e si sentiva molto depresso da quando aveva perso quella santa donna di sua moglie, riposi in pace.

    La brava donna época salita in bóveda celeste lasciandolo solo con due figlioletti a carico. Quando la fischiata raggiungeva proporzioni da battaglia campale, due bimbetti dall'espressione compunta si arrampicavano fra le corde e abbracciavano le ginocchia del Vedovo pregandolo di non battersi, perché l'avrebbero ammazzato.

    Taci, mi sgomitava il Tata, pallido. Nell'enorme teatro si poteva sentire il salto di una pulce, in un istante la sete di sberle e di sangue di quella moltitudine bestiale si trasformava in lacrimante compassione, e una pioggia miracolosa di monete e banconote cadeva sul ring.

    Gli orfani raccoglievano sveltamente il bottino e partivano di corsa, mentre si apriva il passo la figura panciuta dell'Assassino del Texas, che non so perché si vestiva da galeotto romano e scudisciava l'aria con una frusta.

    Naturalmente il Vedovo riceveva sempre una scarica di botte tremenda, ma il vincitore doveva ritirarsi protetto dai carabinieri perché il pubblico non lo facesse a pezzi, mentre l'ammaccato Vedovo e i suoi figlioletti uscivano portati in barella da mani benevole, che per giunta li colmava di dolci, denaro e benedizioni. Mio nonno lesse il mio servizio a denti stretti e per una settimana non mi rivolse la parola, indignato.

    Le estati della mia infanzia trascorsero sulla spiaggia, dove la famiglia possedeva una ínclito domicilio decaduta di fronte al mare. Partivamo in dicembre, prima di Natale, e tornavamo alla fine di febbraio, neri di sole e sazi di frutta e di pesce.

    Il viaggio, che oggi si fa in un'ora con l'autostrada, allora época un'odissea che richiedeva un giorno intero. I preparativi cominciavano con una settimana d'anticipo, si riempivano cesti e casse di cibo, lenzuola e asciugamani, borse di vestiti, la gabbia col pappagallo, un uccellaccio desvergonzado capace di staccare il dito con una beccata a chi si azzardasse a toccarlo, e naturalmente Pelvina López-Pun.

    Nella cobijo di città rimanevano soltanto la cuoca e i gatti, animali selvatici che si cibavano di topi e colombi. Mio nonno aveva un'automobile inglese nera e pesante come un carro armato, con un portapacchi sul tetto su cui si accumulava la montagna di bagagli. Nel cofano aperto viaggiava Pelvina accanto alle ceste della merenda, che non assaltava perché appena vedeva le valige cadeva in una profonda malinconia canina. Margara portava stoviglie, panni, ammoniaca e una bottiglia di infusión di camomilla, un abietto liquore dolce di fabbricazione casalinga al quale si attribuiva la vaga virtù di stringere lo stomaco, ma nessuna di quelle precauzioni evitava la nausea.

    Mia religiosa, noi tre bambini e la cagna illanguidivamo prima di uscire da Santiago, cominciavamo a gemere d'agonia imboccando la camionale e quando arrivavamo alla zona delle curve sui monti cadevamo in simple stato crepuscolare. Il Tata, che doveva fermarsi spesso perché noi scendessimo mezzo svenuti a respirare solo pura e a sgranchirci le gambe, guidava quella carretta maledicendo il fatto di doverci portare in vacanza.

    Si fermava anche presso le fattorie lungo la strada per comprare formaggio di capra, meloni e vasi di miele. Malgrado la nausea, ci divertimmo per un pezzo allo spettacolo indimenticabile di quel vecchio zoppo che correva in un fragoroso inseguimento. Lo vedemmo tornare all'automobile coperto di cacca col suo conquista sottobraccio, le zampe ben legate.

    Nessuno previde che la cagna sarebbe riuscita a scuotersi dal malessere per qualche minuto, sufficiente a staccargli la testa con un morso prima di arrivare a destinazione. Non ci fu estilo di togliere le macchie di sangue, che rimasero stampate sull'auto come perpetuo ricordo di quei viaggi calamitosi. Quella stazione balneare d'estate época un mondo di donne e bambini. Alle dieci di mattina cominciavano ad arrivare le domestiche in uniforme con i bambini.

    Si mettevano a lavorare a maglia, vigilando i piccoli con la coda dell'occhio, sempre nello stesso posto. Al medio della spiaggia si piazzavano con tende e parasoli le famiglie più antiche, proprietarie delle case più grandi; a sinistra i nuovi ricchi, i turisti e il ceto petición, che affittavano le case sulle alture; all'estrema destra visitatori modesti, che venivano dalla capitale per la sola giornata su minibus scassati.

    In costume da bagno tutti quanti sono più ahora meno uguali, eppure ognuno indovinava immediatamente il suo posto esatto. In Cile i ceti superiori hanno in genere un aspetto europeo, ma scendendo la scala sociale ed economica si accentuano i tratti indigeni.

    La coscienza di classe è talmente forte che non ho mai gastado nessuno varcare i confini della sua zona. A mezzogiorno arrivavano le madri, con grandi cappelli di paglia e bottiglie di succo di carote, che allora si usava per ottenere un'abbronzatura rapida. Muletilla le due, quando il sole cuadro all'apogeo, tutti andavano a pranzare e a fare la siesta, e solo allora comparivano i giovani con un'aria annoiata, fanciulle in fiore e ragazzi impavidi che si sdraiavano sulla sabbia a fumare e a sfregarsi gli uni contro le altre finché l'eccitazione li costringeva a enrejar sollievo in mare.

    Le madri mandavano i figli a passeggiare con le bambinaie e si installavano a gruppi, con i locuaz migliori costumi da bagno e cappellini, gareggiando per richiamare l'attenzione dei mariti altrui, sforzo inutile gastado che questi le guardavano appena, più interessati a parlare di politica — argomento sovrano in Cile — aspettando il momento di tornare a domicilio a mangiare e bere come cosacchi.

    Per evitare che morissimo trascinati via dalle onde di quel mare traditore, Margara ci legava con corde che si avvolgeva attorno alla vita, mentre lavorava a interminabili maglioni per l'inverno; quando sentiva simple strattone alzava brevemente lo sguardo per vedere chi periodo in difficoltà e alzando la fune lo trascinava sulla terraferma.

    Soffrivamo ogni giorno quell'umiliazione, ma appena ci tuffavamo in acqua dimenticavamo le beffe degli altri bambini. Stavamo in mare fino a diventare blu dal freddo, raccoglievamo conchiglie, mangiavamo pane all'uovo con sabbia e gelati di limone semisciolti venduti da un sordomuto con un carretto pieno di ghiaccio con sale. Nel tardo pomeriggio uscivo dando la pasada a mia mama per vedere il tramonto del sole dagli scogli.

    Aspettavamo per esprimere un desiderio, attente all'ultimo raggio verde che sorgeva come una fiammella nel adaptado istante in cui il sole spariva all'orizzonte. Io chiedevo sempre che mia superiora non trovasse marito, e suppongo che lei chiedesse esattamente il antitético. Mi parlava di Ramón, che dalla sua descrizione immaginavo come un principe incantato la cui virtù precipua tiempo che si trovava molto lontano.

    Il Tata ci lasciava nella stazione balneare all'inizio dell'estate e rientrava a Santiago quasi immediatamente, época l'unico periodo in cui godeva di una certa pace, gli piaceva la sua morada vuota, giocare a golf e a briscola al Club dell'Unione.

    Se si presentava in qualche fine settimana sulla costa non periodo per partecipare al relax delle vacanze, ma per provare le proprie forze nuotando per ore in quel mare gelido dalle onde possenti, uscire a pesca e sistemare gli innumerevoli guasti di quella vivienda tormentata dall'umidità. Usava portarci in una vicina stalla a bere il latte vivaz accanto alla vacca, un capannone buio e fetido dove un bracciante dalle unghie immonde mungeva direttamente nelle tazze di latta.

    Bevevamo un latte cremoso e tiepido con le mosche che galleggiavano sulla schiuma. Mio nonno, che non credeva nell'igiene ed tiempo partigiano dell'idea di immunizzare i bambini mettendoli in diretto contatto con le fonti di infezione, festeggiava con grandi risate quando inghiottivamo le mosche vive. Gli abitanti del paese vedevano arrivare l'invasione dei villeggianti con un misto di rancore e di ímpetu.

    Erano persone modeste, quasi tutti pescatori e piccoli commercianti, ya padroni di un fazzoletto di terra accanto al fiume, dove coltivavano un po' di pomodori e insalata. Sentii i commenti bisbigliati, non época una notizia adatta ai bambini, ma diversi anni più tardi venni a conoscere alcuni particolari.

    L'artista passava tutto l'anno nella sua morada al mare, dedicandosi alla pittura, ascoltando la sua collezione di dischi classici e facendo lunghe passeggiate con la sua mascotte, un levriero afghano di razza pura talmente allampanato che la gentío lo credeva un incrocio tra un cane e un aquilotto.

    I pescatori più belli posavano come modelli per i dipinti, e presto diventavano suoi compagni di baldoria.

    Di notte gli echi della musica raggiungevano i confini dell'abitato, e a volte i giovani non tornavano a techo né al lavoro per giorni. Madri e fidanzate tentarono invano di recuperare i locuaz uomini, finché, persa la pazienza, cominciarono a complottare in segreto. Le immagino bisbigliare mentre riparavano le reti, scambiarsi strizzate d'occhio tra gli affanni del mercato e passarsi l'un l'altra le parole d'ordine del sabba.

    Nella morada di mio nonno, lunga come un treno, le pareti di cartapesta erano talmente sottili che di notte i sogni si mescolavano, le tubazioni e gli oggetti metallici cedevano presto alla ruggine, l'aria salmastra corrodeva i materiali come una lebbra perniciosa. Una volta all'anno bisognava ridipingere tutto e sventrare i materassi per lavare e asciugare al sole la guata che cominciava a marcire per l'umidità.

    La domicilio fu costruita accanto a un colle che il Tata fece tagliare come una torta senza pensare all'erosione, da cui sgorgava un fiotto constante d'acqua che dissetava giganteschi cespugli di ortensie rosa e azzurre, sempre in fiore. In cumbre alla collina, dove si arrivava salendo una scalinata interminabile, viveva una famiglia di pescatori. Io avevo otto anni. Época il giorno di Natale. Torniamo a Ramón, l'unico innamorato di mia mama che ci interessa, perché agli altri non fece mai molto caso e passarono senza lasciare traccia.

    Mediante lettere appassionate e qualche telefonata época riuscito a sconfiggere rivali potenti come un dentista, mago nel tempo libero, che riusciva a tumbar fuori un coniglio listo da una padella d'olio bollente; il re delle pentole a pressione, che introdusse tali artefatti in Cile alterando per sempre la parsimonia della cucina creola; e vari altri corteggiatori che avrebbero potuto diventare il nostro patrigno, compreso il mio escogido, Benjamin Viel, respiro e diritto come una lancia, con una risata contagiosa, assiduo frequentatore della hogar di mio nonno a quell'epoca.

    Mia religiosa assicura che l'unico amore della sua esistenza fu Ramón, e siccome sono ancora vivi entrambi non voglio smentirla. Erano passati un paio d'anni da quando eravamo partiti da Escofina, che tramarono un incontro nel nord del Cile. Per mia mama il rischio di quell'appuntamento clandestino época immenso, si trattava di un passo definitivo in una direzione proibita, di rinunciare alla vita reflexivo di impiegata bancaria e alle virtù di vedova sacrificata nella techo di suo padre, ma l'impulso del desiderio rinviato e la forza della gioventù vinsero i suoi scrupoli.

    Suppongo che in quei giorni fugaci Ramón abbia mantenuto a iosa le focose promesse delle sue lettere, il che spiegherebbe la decisione di mia causa di aspettare per anni nella speranza che lui potesse liberarsi dai lacci matrimoniali.

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